Lunes Santo: el día que Jesús incomodó al poder
SANTO DOMINGO, REPUBLICA DOMINICANA, 30 DE MARZO 2026. – El día en que Jesús entró en el templo, en Jerusalén, y echó fuera a todos los que compraban y vendían allí, marcó el comienzo de su fin.
En un reportaje publicado por el periódico dominicano El Nacional, del periodista Lázaro Medina Familia, se dice que ese día el nazareno dejó de ser aceptado y empezó a ser visto como peligroso. A partir de esa convulsa escena, ya no solo buscaban apresarlo, sino matarlo, pues se había medido con lo más sagrado que tenían: el templo.
La escena muestra que también volcó las mesas de los que cambiaban el dinero y los asientos de los que vendían las palomas.

Las escrituras muestran a un Jesús molesto y confrontativo, algo poco habitual en su mensaje.
Y les dijo: «Escrito está, ‘mi casa será llamada casa de oración,’ pero ustedes la están haciendo cueva de ladrones» (cf. Mt 21, 13).
Cuando la verdad incomoda
El mensaje del mesías era directo y crítico. No cayó muy bien, especialmente dentro del poder religioso de la época.
Los principales sacerdotes y los escribas oyeron esto y buscaban cómo destruir a Jesús, pero le tenían miedo, pues toda la multitud estaba admirada de su enseñanza (cf. Mc 11, 18).
El nazareno estaba denunciando lo que consideraba corrupción. El lugar que debía ser casa de oración y culto a su Padre se había convertido en un mercado.
Sin lugar a dudas, esa fue una confrontación abierta contra los religiosos y políticos.
Situaciones como esa siguen vivas en nuestra sociedad. Cuando se choca con intereses de poderosos, se corre alto riesgo, porque cuando se ven amenazados de una manera u otra, reaccionan para proteger sus intereses.
Denuncias de corrupción que se intentan callar, actos indebidos que se buscan ocultar a toda costa.
Religiosidad sin frutos
La molestia de Jesús con los comerciantes del templo no era por el simple hecho de que vendieran, iba más allá.
Lo que él veía era una religiosidad sin frutos y por eso los cuestionaba, tal como hizo con la higuera en la que no encontró de comer.
Las escrituras narran que, previo a este incidente, al salir de Betania hacia Jerusalén, Jesús tuvo hambre y, viendo de lejos una higuera, fue a ver si quizá pudiera hallar algo en ella.
Cuando llegó al árbol, no encontró más que hojas, aunque no era tiempo de higos.
Entonces, Jesús, hablando a la higuera, le dijo: “Nunca jamás coma nadie fruto de ti” (cf. Mc 11, 11-14).
Esa escena refleja lo que encontraría luego en el templo: apariencia sin fruto.
El inicio del conflicto
Luego de eso, la vida de Jesús pendía de un hilo, ya que su predicación, que de por sí escandalizaba a los líderes religiosos, había pasado los límites para ellos.
Desde entonces se comenzó a buscar la forma de eliminarlo, ya no bastaba con arrestarlo: la intención era matarlo.
Esa escena marcó el comienzo del fin del predicador que muchos veían como el mesías esperado. Después de ese día, nada volvió a ser igual para él.